lunes, 30 de junio de 2008

Música nocturna


Autora texto: Alix Rosales


Llevaba dos meses que durante las noches no podía dormir, escuchaba siempre aquella misma melodía.

Era imposible, reconcialiarse con su almohada y sus sueños. "¡Basta!", se decía para sí, como si fuera una palabra interruptor, porque ya no soportaba más. Los días se les hacían largos y extenuantes, de modo que tenía hacer algo, ¿pero qué, qué hacer? Sólo levantarse de la cama en puntillas, ir con una sonrisa en los labios.

—¡Shissss..! —susurrante— Y comenzar a entonar: "duérmete mi niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá... arrurru mi niño...arruru...

Mientras daba palmaditas de amor para que el pequeño se durmiera de nuevo.

viernes, 27 de junio de 2008

Canción de cuna para Olga



Autora texto: Luci Garcés


Canción de cuna para Olga que no cumplirá seis años.



Se ha muerto mi niña, la niña.
Ya no podré perderme en su mirada
asombro tras asombro.

Mi niña, la niña, ha muerto.

Canción de cuna que canta
el ruiseñor en su jaula,
mientras el viento alborota al eco:
ha muerto mi niña, la niña.

Campanillea su risa en el jardín
mientras corre tras las mariposas
sin conocer que son polillas
en busca de la llama que les abrase.

Mi niña, la niña, lleva dos alas
de luciérnagas en celo, transparentes,
y brillan, brillan, como mis lágrimas,
río de plata que se lleva a mi amor,
mi niña pálida, la niña azogue.

Correquetepillo o nana de los niños fantasmas

foto: llumeneta
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Autora del poema: Luci Garcés



Los niños fantasmas juegan al correquetepillo
entre los barrotes de las cunas vacías.

Aprendices etéreos, traslúcidos,
aletean, uno, dos, uno dos
sobre nubes de algodón dulce,
ensayando para ángeles de la guarda,
mientras vigilan bebés redondeando vientres.

Los niños fantasmas no hablan, gorjean
cuando tiran copos de harina
simulando que es nieve
y secan lágrimas para borrar la lluvia.

Los niños fantasmas buscan cada noche
brazos que les mezan, regazos calientes,
el osito perdido, el tren de cuerda,
sus sueños, tus besos.

Tolerancia divina


Autor texto: José Dávila Arellano


¿Nosotros? Pues estamos muy bien. Claro, por supuesto que sí. ¡Nos llevamos de maravilla! En cada encuentro que tenemos nos abrazamos y cariñosamente nos besamos. Nunca dejamos de hacerlo. Día tras día, externamos nuestros mejores deseos para que nos vaya bien en nuestros respectivos trabajos. En ocasiones, si el tiempo lo permite, almorzamos juntos y luego vamos por los hijos a la escuela. Los finesde semana salimos todos a pasear; cuando uno no puede, pues el otro se va con los chamacos y no hay problema. ¿Qué si tenemos discusiones? ¡Ninguna! Ni pensarlo... No pasa nada, te lo juro. Mira, ayer ella tenía que salir de viaje y la llevé al aeropuerto para desearle un feliz viaje. Me despedí con un beso y le prometí que me haría cargo de los críos. De veras, nos llevamos de maravilla. Vivimos un divorcio perfecto.

En memoria



Autora texto: Pilar Moreno Wallace


Todo es ahora silencio. Sólo el reloj sigue golpeando el aire, indiferente. Ajena a mi querencia duermes, licuado en súbita sombra el caramelo dulce de tu mirada. Te siento cerca, tanto, que nada más extender la mano alcanzaría tu cuerpo silencioso en un contenido abrazo, pero el tiempo que te ha sido dado es breve y frágil y no puedo detenerlo. De golpe me ha robado los deseos, y mi memoria perfila aquellos días – cortado el cordón y abandonado el vientre grávido – en que buscabas el calor de mi colmado pecho. Esto fue el ayer, hoy apurando el hálito, entornaré la puerta para que no escape el eco de tus juegos y de tus risas, recogeré en un álbum los sueños aún no cumplidos y consolaré a tus muñecas hasta ese momento en que sus sonrisas tornen. Después me sentaré a vestirte en esa silla desnuda de color, y prenderé en tu pelo aquella cinta ancha de seda blanca, para ese viaje final que no tiene vuelta y sí un principio.

Y hasta entonces sigue durmiendo, que yo te subiré el embozo y arroparé tu cama de lirios y azucenas.

Deseo cumplido

Foto: www.revistafusion.com/


Autora texto: Lola Bertrand


-Madre, ¿de mayor puedo ser lo que quiera?

-Claro que sí, hijo, ¿porqué…?

- Como somos tan pobres y desgraciados.

-¿Qué te gustaría ser?

-Policía, quiero que haya un policía en esta casa para detener a padrey que deje ya de gritar y de pegarnos…


Pronto se cumplió su deseo y su casa se llenó de policías y de…sangre.

lunes, 23 de junio de 2008

Nueva profesión



Autora texto: Lola Bertrand

Solamente tenía ocho años pero al preguntarle que quería ser de mayor, sentenció:

-Mamá de mayor quiero ser parado.

Han pasado veinte años y… su sueño infantil tiene visos de hacerse realidad.

domingo, 22 de junio de 2008

Algopacomé

Foto Google


Autora Texto: Cati Cobas
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"Chico, cara sucia,
apoyada en los cristales de mi auto.
Chico, pura astucia
que consigue entrar al bar de contrabando.
Juntador de cosas que no sirven para nada,
vendedor de rosas de dudosa calidad,contador de historias de corridas en la cancha,
goleador de arcos que no hay..."

Ese chico- Letra y música: Ignacio Copani
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Nunca les conté que tengo un visitante que puebla mis almuerzos de mocos y manitos sucias. Se
llama Martín, pero mis hijos le dicen "Algopacomé". Muchos mediodías llama por el portero eléctrico y pide algo para llenar la barriguita, en el supuesto de que me conmoverá y bajaré para llevárselo.
Supone bien el muchachito. Me parte el alma tanto desamparo de poxirrán y manos sucias. Y, aunque sé que no le soluciono nada y que tal vez, mi acción sirve sólo para acallar mi conciencia, bajo con lo que tengo y trato de averiguar el por qué de tanto desamparo, pero Martín cuenta poco y nada. En cuanto tiene lo que pide, escapa a las preguntas y a mis ganas de ver si hay alguien el mundo a quien él pueda considerar como familia. Me deja con la angustia y retorna al otro día, para volver a decir "algopacomé, doña", para escapar después lo más rápido posible. Como mi dosis de ingenuidad es aún bastante grande acudo allá por fines del verano, al servicio de la Municipalidad de Buenos Aires que dice ser apoyo a la niñez en riesgo.

-102, La línea de los niños.
-Señorita: llamo para informar que en mi barrio da vueltas, desde hace un tiempo, un muchachito de unos doce años, sin casa, ni techo, ni comida.
-Señora: ¿me puede dar sus datos?
-Cómo no, señorita (y ahí va mi nombre y mi teléfono)..
- ¿Sabe dónde vive el chico?
-Señorita, le digo que en la calle.
-Puede preguntarle algo más ¿dónde duerme, por ejemplo?
-Trataré, señorita, trataré, pero si se apostan un mediodía en la puerta de mi casa, lo encuentran casi con seguridad.
-Es que el personal de calle no puede adaptarse a un horario fijo.
-Bueno, voy a ver si le averiguo.


Empiezo a odiar a la burocracia mucho más de lo que ya la odiaba. Pasa todo el otoño sin novedades. Y ahora, mis caminatas por el Parque Chacabuco tienen un sabor amargo, por estos días de crudo invierno.
El frío cala el alma y los huesos, pero no puedo cejar en mi empeño de mantener la silueta que tanto me costó recuperar, así que con frío o sin él, camino por el verde oasis ciudadano, que ha reemplazado por obra y gracia de la crisis, a las calles de aquel barrio privado, en el que supe tener una casita de fin de semana. El parque tiene la ventaja de que el mantenimiento lo pagamos entretodos los vecinos de la ciudad, y la desventaja de que uno enfrenta realidades tan dolorosas que no permiten disfrutar del todo, los árboles añosos, el rosedal y los sapitos de la fuente.
Una mañana, hace un mes, aproximadamente, encuentro a Martín durmiendo su sueño de
pegamento, debajo de la Autopista en el Parque Chacabuco, con un perro a sus pies y sin más abrigo que el calor del perro. Aviso que he ubicado finalmente el lugar donde Martín duerme, a la "Línea de los niños". Totalmente infructuosa la gestión. Nadie viene a llevar al muchachito a un lugar abrigado y, si yo hiciera lo que me dicta el corazón y lo trajera a casa, me vería envuelta en complicaciones demasiado complicadas, tanto con los míos, como con las autoridades y la justicia. Mi impotenciasobrepasa mi entendimiento. Vuelvo a llamar, a suplicar que hagan algo, para eso cobran un sueldo, digo. Amenazo con llamar a la radio. La voz que me responde continúa impertérrita. Se ve que novieron los pelitos ensortijados y sucios, las rodillas del pantalón agujereadas y el color amoratado de la tez, bajo dos grados bajo cero de sensación térmica.

Alguna vez cubrí a Martín con una frazada vieja que al día siguiente desapareció. Pero no puedo quedar sin hacer nada.Compro dos ejemplares del diario La Nación, que tiene las hojas más grandes y lo arropo con diarios mientras me cae una lágrima de pena. Sigo mi caminata pensando que, por lo menos, Gütemberg y los egipcios habrán contribuido a que un muchachito pase un poco menos de frío en la ciudad hostil.Y ahora escribo esta crónica. Quizás llegue a oídos de algún funcionario de la Línea de los niños y se compadezca de mi Algopacomé.

Amanecer púrpura



Foto: www.flickr.com/agueda

Autora texto: Ángeles Cantalapiedra

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-Isabel, hay que ser fuertes. La medicina de hoy tiene los medios suficientes para vencer y sé que tú ganarás la batalla.
-¿Qué combate, Doctor?
-Cientos de escaramuzas contra el cáncer de mama, Isabel. Tus ganas de vivir, tu alegría, la fortaleza anímica que siempre me has demostrado, a partir de ahora, serán tus mejores aliados.

Salí como una zombi de la consulta, era incapaz de pensar; las lágrimas permanecían atascadas, la impotencia cegaba cualquier posibilidad de luz.
Me senté en el primer banco que encontré a recobrar el aliento mientras el sol mordía sus entrañas. Era la hora del día en que la ciudad se viste de oro y te invita a uno de los espectáculos más hermosos que un ser humano pueda presenciar. Sin embargo, mi sensibilidad yacía en lo más profundo de mi corazón. Una orfandad extraña se apoderaba de mí.
No supe el tiempo que pasé en aquella actitud; un leve roce en mi hombro me despertó.
-¿Se encuentra bien, Señora?- levanté la mirada sin ver.
-Sí, gracias- apenas pude responder.
-Son las doce de la noche, Señora. No es lugar para que una mujer esté sola a estas horas. ¿Quiere que pare un taxi?
-Sí, por favor… Gracias.

No sé cómo era su cara aunque sí recuerdo la ternura de su mano empujándome al interior del coche. Cuando llegué a casa, no hizo falta decir nada. Manuel me abrazó y el llanto se desplomó por mi cara.
Las semanas siguientes fueron un mal sueño; sentí que las fuerzas me habían abandonado. Me dejé hacer de todo hasta que una mañana, Manuel con una ternura hasta entonces desconocida, agarrándome de la mano, me obligó a mirarme al espejo: dos enormes cicatrices surcaban mi pecho. Volví a llorar con la incontinencia de una niña desamparada. Presentí que no había rastro de la mujer que fui, pero lo malo, aún no había llegado.
De nuevo, las manos de Manuel se posaron, esta vez, sobre mi cabeza. Poco a poco fue eliminando mi precioso pelo, orgullo de mi persona en otra época y que fue cayendo al suelo sin vida. Agaché mis ojos nublados por el abatimiento y, cuando la maquinilla paró, los dedos de mi esposo levantaron mi barbilla. Una enorme bola de billar blanca decorada con unos ojos muertos y grandes surcos malvas me retaban.

Después llegó la quimioterapia… Al llegar a la puerta reculé. Dos batas blancas me sonrieron y me condujeron a una habitación que parecía un salón de peluquería, la barbería del barrio. Once bolas de billar me miraron intrusas y benevolentes… A continuación, un pinchazo distrajo mi atención y cerré los ojos.

Las sesiones de quimioterapia se convirtieron en una rutina en mi vida así como los mareos y los vómitos, pero todo lo aceptaba sin rechistar… No me volví a mirar al espejo hasta que un día, Jacinto, un chaval de apenas quince años, que se sentaba junto a mí en aquellos sillones de barbería, me dijo:
-Isabel, eres tan guapa como mi madre.
Me volví extrañada ante aquella voz tan alegre… Hacía meses que estaba sorda y no me había dado cuenta. De repente en mi rostro se dibujó lo más parecido a una mueca de sonrisa; me costó, tenía los músculos atrofiados.
Aquel día, al volver a casa, antes de acostarme, pedí a Manuel que deseaba ver a los niños. Me quité el sombrero y me puse un pañuelo de pirata. Fui al baño y, cogiendo el tubo de maquillaje, lo extendí levemente sobre mi piel, añadiendo un poquito de colorete en las mejillas… Después de cinco meses, me abracé con todas las fuerzas de que era capaz a tres cuerpos diminutos que me transmitieron una energía ya olvidada; aquella orfandad rabiosa de meses atrás se había evaporado.
Los vómitos y mareos posteriores los afronté con una paz desconocida… Aquella noche dormí.
Desperté, no sabía qué hora podía ser. Mi cuerpo estaba rígido, mi carne fría. Fui a sentarme al salón y mis ojos se posaron en el ventanal. Una luz púrpura nacía en el infinito haciendo sombra a los edificios, máculas a las nubes, penumbra a mis fantasmas… Tierno, suave, un amanecer tan dulce que mi espíritu se convirtió en esperanza escarlata, como aquel amanecer púrpura.

Hoy, han pasado tres años desde entonces… Aún sigo viva, no sé por cuánto tiempo; la verdad es que no lo pienso.
Dejé de trabajar en una oficina. Mi trabajo ahora es mucho más gratificante. Acompaño a gente que, como yo, sufre cáncer; les animo a caminar por la senda de una nueva vida, imprimo un amanecer púrpura en sus horas, aprendemos juntos a esperar la muerte con dignidad… A cambio, ellos me dan la fuerza suficiente para añadir sentido a mi sonrisa.

Planeta muerto


Foto:Google
Autor texto: José Dávila Arellano
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-Yo quiero ser astronauta.

-¿Por qué?

-Porque me gustaría viajar por el espacio y encontrar un planeta muerto.

-¿Para qué?

-Para estar solo... Caminar por ahí, dándole y dándole la vuelta hasta llegar abajo y entonces caer..."

La respuesta me violenta los sentimientos. Frente a mi tengo a un niño que desea morir.

Él se llama Feliciano; Feliciano Alfonso Arsenio Camargo. Un chamaco de apenas 13 años de edad. En su rostro moreno vela una sombra de desconsuelo. Sin embargo, una centella de rebeldía arde en su mirada. Es una mirada que sabe ver de frente; son ojos que retan, que confrontan, que reclaman a la vida. Voz grave, sonora. Correcto en su trato, muy propio en su hablar. Inquilino de una casa hogar...

Un grupo de niños de una escuela particular, acompañados de sus padres, irrumpe en la vieja y abandonada casona habilitada como asilo para menores de edad. La fachada es tan gris, como deslucida su existencia. El olvido se unta a los muros descalichados de los dormitorios, a las sillas adoloridas, a los desnudos salones de clase, a los baños oscuros y malolientes. El tiempo no punza; yace amortajado, tan amortajado como el palpitar mismo de sus pequeños moradores. Asisto a una convivencia infantil; me ha invitado mi nieto. Le he dejado con sus amigos y acercado a estos seres desheredados, marcados de por vida por la orfandad, porque son chiquillos de barrio, como yo lo fui en mi infancia.

-¿Que otra cosa te gustaría hacer? –le pregunto a Feliciano.

-Tocar la guitarra.

-¿Estás aprendiendo?

-Mi papá me enseñaba... No supe de qué murió. El doctor sólo me dijo que ya se había ido. Era un hombre bueno; me regañaba, pero era bueno... Cuando se lo llevaron al panteón, busqué la guitarra y ya se la habían robado.

Los niños de afuera sonríen; traen consigo comida y regalos. Los niños de adentro, callan y tienen las manos vacías. Observan. Enfrentan lo que les ha sido arrebatado: el amor, la ternura, la caricia paterna. Entrelazan sentimientos encontrados: la seguridad y la incertidumbre; la ilusión y la desesperanza, la risa y la tristeza; la protección y el abandono. Incluso, absorben el contraste de la ropa y el calzado. No obstante, esas almas nubladas lo que más desean es su hogar.

Con el rubor a flor de piel, unos y otros, extienden la mano y se saludan. Después, preguntan sin protocolo el "cómo te llamas", el "qué haces" el "en qué año vas", el "que edad tienes". Finalmente se mezclan, y gobernados por su admirable inocencia, pronto se identifican. Para ellos no existen barreras sociales; las desconocen.

-¿Estudias? -le pregunto a Feliciano

-Sí.

-¿Qué te gusta más?

-Civismo, porque se aprende de moral, de responsabilidad, de honestidad, de obligaciones, de disciplina y, sobre todo, de respeto. Yo respetaba mucho a mi padre.

Los niños de adentro quieren saber; los niños de afuera, jugar: "¿Cómo es tu escuela? Grande, muy grande. ¿Tienen salones con bancas y pizarrones nuevos? Muchos, muchos salones, más de una docena. ¿Qué les enseñan? De todo, ¿a ti no? ¿Vives allí? No, yo vivo en mi casa. ¿Tu escuela tiene jardín? ¡Uy! Tiene mucho jardín; árboles, flores, y hasta una cancha de fútbol. ¿Una cancha de fútbol? Sí; ¿aquí no tienes una cancha de fútbol? ¿No...? ¿Entonces en dónde vamos a jugar?"

Feliciano escucha y pasea la vista por los alambrados que aprisionan su escuela; en las bardas, en los corredores, en la azotea. Se detiene en las rejas que copan las escaleras. Echa un vistazo a la puerta amarrada con cadenas y candados. Voltea hacia un patio empachado de basura y trebejos.

-Vivo en una cárcel –murmura melancólico.

Llaman a la mesa. Disponen la comida y los regalos. Él se sienta y me alcanza una silla para sentarme a su lado. Agradezco el gesto. En torno mío hay cinco chiquillos más; todos con el desamparo dibujado en el gesto. Sus almas llevan grabado a fuego el hierro de la añoranza. Son caras con el amargor escondido. La mirada esquiva y la sonrisa partida por la mitad. Nacieron con la orfandad a cuestas. La razón de la sinrazón...

-¿Cuántos años tiene? –ahora él me cuestiona.

-¿Cuántos crees?

-Demasiados.

-¿Cómo?

-Sí, tan demasiados como los que tenía mi padre al morir.

No sé que responder y pregunto sin reflexionar: "¿Y tu mamá?"

El muchacho se cimbra. Un relámpago de ira lo estremece. Después, más dueño de sí, se encoge de hombros. No desea explicar. De pronto, uno de sus compañeros le grita: "¡No te hagas, Feliciano! Di la verdad: ¡Tu madre te abandonó!"

Feliciano, enfurece. Con esos ojos que retan, encara a sus compañeros de mesa, pero éstos, con crueldad, a coro le castigan: "¡Tu madre te abandonó! ¡Tu madre te abandonó! ¡Tu madre te abandonó!"

Ante la burla, ahora palidece. Ambiciona ensordecer. Eludiendo la agresión, me instruye que es el sargento primero de la escolta a la bandera. Orgulloso de ello se levanta enérgico; tan intenso que amenaza. Los niños cantores se atemorizan y silencian el brutal estribillo. "¿Le enseño?"-me pregunta, satisfecho de haber logrado amedrentar.

No aguarda por mis palabras. Con rígido lenguaje corporal, observa posición de firmes. Con voz ronca manda el flanco derecho, el flanco izquierdo, el paso redoblado, y el paso corto, antes de ejecutar un desafiante alto marcial de cara a sus enemigos. Rinde honor al lábaro patrio recogiendo el brazo hacia su pecho. Tranquilo, vuelve a la silla con la expectativa de haber atajado el acoso de que fue objeto. Sin embargo, al menor descuido, sus compañeros, sesgadamente, se burlan de él.

Entre nosotros, por unos instantes, priva un pesado silencio. Ya no deseo indagar y él no encuentra cómo liberar el apremio que le maltrata el corazón. Bebe un sorbo de refresco, se acerca a mí y con voz muy baja me encuesta:

-¿Por qué mi padre vivió menos y usted vive más?

-No lo sé.

-¿Lo decide Dios?

-Tampoco lo sé

-¿Entonces quién? ¡Dígame! ¿Entonces quién?

-No tengo respuesta, hijo.

Feliciano Alfonso Arsenio, también es un estudiante avanzado. Su promedio es de diez y todos los meses comparte con otros cinco internos el cuadro de honor de la casa hogar.

-Venga, le voy a enseñar –me invita.

Camino tras la ruta de sus pasos con la certidumbre de que algo va a sobrevenir. Llegamos ante un muro en donde pende un modesto cartón verde. En la parte superior destaca un festivo letrero elaborado con lentejuelas multicolores: "Cuadro de Honor". Abajo, dispuestas en forma de abanico están pegadas las fotografías de los niños más destacados. En torno a ellas, con colores amarillo, verde y azul, se han trazado los recuadros. Al pie, los nombres respectivos.

- Sí, ella se fue... –me advierte.

-¿De quién hablas?

-De mi mamá. Apenas la recuerdo. Cuando se fue de la casa mis dos hermanitos se quedaron solos. Después salieron a la calle y se perdieron... No los he vuelto a ver.

Un grito espontáneo, quiebra la confesión. ."¡Ya llegó la señorita directora!"

El sargento niño, con lágrimas en los ojos, voltea hacia a la puerta principal. Ahí está su benefactora, acompañada de un nutrido séquito de damas voluntarias. Bien vestidas, unas; bien trajeadas, otras. Bien calzadas todas. Se presentan emperifolladas con todas las joyas que pudieron echarse encima. Huelen a perfume caro. Con pasitos cortos discurren entre las mesas, guardándose de no contaminarse. A distancia, con ensayada voz atiplada, saludan a los niños. Sus manos enguantadas fingen tocarlos, pero se guardan de no hacerlo. Diestras en el engaño, sonríen con falsedad para la fotografía.

Al día siguiente aparecerán en las páginas de sociales de los periódicos. Su frivolidad estará colmada. Se hablará de su infinita misericordia, de su loable desprendimiento, de su admirable abnegación en pro de la niñez desamparada.

La fugaz visita concluye. La manipulación, felizmente, fue exitosa.

Aquellas almas de la caridad que se han servido de la miseria infantil para glorificar públicamente su nobleza, desaparecen en el interior de lujosas camionetas. En el interior, se despojan de sus máscaras de compasión, liberando su maquillaje de hipocresía.

Feliciano, las observa. Triste, su gesto reprueba. En la casa hogar que tiene por cárcel, se siente condenado a perpetuidad. "¿Y mis hermanos? ¿Por qué no buscan a mis hermanos?" –se interroga sin respuesta.

Todos comen, menos él.

Su mirada vagabunda se clava en la mesa en donde la comida ya está fría. Quizá navega en el cosmos en busca de su planeta muerto para caminar solo por ahí, buscando a su papá. Dándole y dándole la vuelta, hasta llegar abajo y entonces, por fin caer...

martes, 17 de junio de 2008

Paseando entre almenas

Autora: Ángeles Catalapiedra
Hubo una época en mi vida donde todo cambió; la urna de cristal en la que mis padres me habían protegido se rompió y comencé a barruntar sentimientos desconocidos. En aquel entonces yo era un adolescente de ésos que dicen mutantes porque igual queremos ser bomberos como a la media hora ser astrólogos, pero siempre, siempre, radicales.
Tenía una tía que era la vergüenza de la familia Oliú pero a mí de verdad que me gustaba y me reía mucho con sus aventuras; el lema "Vive y deja vivir" era la enseña de su bandera y yo tenía la sensación de que estaba ante un personaje auténtico, no de fachada. Envidiaba su vida porque volaba, hacía lo que le daba la gana, mientras el resto de la humanidad sólo podíamos soñar.
Hasta aquel fatídico verano en que mis padres se espachurraron en un accidente de tráfico; quedé huérfano y fui a parar a sus manos. Fue entonces cuando me enteré de que no todo en la vida parece lo que es…Ahora sé que el traje de madre le venía grande y más de un androide como yo pero, en los papeles estaba bien claro que era el familiar elegido para heredar el tesoro más pesado de los Oliú Heredia, es decir yo y mis circunstancias.
Me miró primero con asco, después con una cara difícil de valorar para a continuación decir secamente "Coge lo imprescindible, lo demás tíralo". Me paseé por toda la casa buscando aquello que ella consideraría imprescindible; miré las paredes, los objetos, hasta dentro de los armarios y al final me decanté por seis cosas: la brújula, los prismáticos, Lucas mi mascota de trapo, una foto de mis padres sonriendo, el atrapa sueños de mi madre que lo compró en una tribu sioux, y un pequeño boceto que pintó mi padre de la Alhambra y que siempre que mamá lo miraba, me decía "Tolo, es lo mejor que ha hecho la humanidad". No sabía bien qué quería decirme pero seguro que era algo profundo. Metí mis nexos con la vida anterior en la mochila y me cerraron la puerta del pasado para siempre.
La primera sensación que tuve de mi nueva vida fue la de perro y no bien tratado precisamente; iba tras de ella a todas horas, no me daba explicaciones, actuaba como si yo no existiera. Me llevó al médico haciéndome pruebas de todo y vacunándome del tifus, malaria y paludismo, después me sacó el pasaporte y ahí no pude callar y pregunté ¿Dónde vamos, tía? Ella me respondió: a la India, Tolomeo. Sinceramente, me amargó la emoción al llamarme Tolomeo, era un nombre horrible del cual me avergonzaba pues en el colegio se habían reído siempre de mí llamándome meón. Mi padre decía que el nombre heredado de bisabuelos y abuelos había que llevarlo con la cabeza muy alta, pero yo cuanto más escondida mejor.
Nunca había viajado en avión y la excitación me quitó el sueño y el hambre; no pregunté cuánto iba a durar el viaje, me estaba acostumbrando a no preguntar, observar y sacar mis propias conclusiones; el proceso de comunicación con el mundo exterior se interceptaba sin yo querer. Mi tía no era lo que yo me había imaginado porque recuerdo que vomité en el avión varias veces y me llamó de todo menos bonito. Cuando aterrizamos en la aduana y registraron nuestros equipajes comencé a sufrir de veras; un hombre de tez morena, sudoroso y uñas negras cogió a Lucas y lo rajó por la mitad. Empecé a chillar, a darle patadas hasta que mi tía me dio dos bofetadas. "Están buscando droga, imbécil". Enmudecí; cogí los restos de Lucas y los metí en una bolsa de plástico.
El llanto nubló la visibilidad y sólo sentí el polvo que se mezclaba con mis lágrimas, mientras caminábamos por calles atestadas de gente cuyo idioma no entendía. Cuando llegamos a nuestro destino me indicó que me acostara en una especie de cama que estaba en el suelo y se fue. Me tumbé y perdí la noción del tiempo; al despertar noté que estaba abrazado a la bolsa de plástico y que algún resto de Lucas navegaba perdido por el camastro. Volví a meter cuidadosamente los restos en la bolsa y salí a aquel mundo extraño.Busqué un grifo pero allí no había ni grifos ni duchas. Encontré un cántaro y usé toda el agua ¡Menudo enfado el de mi tía! El agua nunca se debía desperdiciar.
Los primeros días fueron duros, estuve más tirado que una colilla y pasé miedo. Ella se iba a trabajar y me dejaba notas para decirme lo que debía hacer, nada más; la comida era muy distinta de lo que yo había estado comiendo hasta ese momento y toleraba mal las especias y picantes, así que decidí no comer, pero como las tripas me rugían yo también puse una nota a mi tía para que no se molestara en hacerme la comida, yo me la guisaría. Aburrido, decidí dar mis primeros paseos por los alrededores de la casa, llevándome la brújula por si me perdía; una angustia muy rara me invadía al observar ese modo de vida tan diferente al mío. Cuando atardecía me iba a casa, bien claro me lo había dicho mi tía, no debía deambular a ciertas horas por la calle; allí permanecía horas solo, mirando con los prismáticos las luces lejanas que parecían tener vida propia, o enfocando a las estrellas por si en alguna estaban mis padres hasta que ella aparecía; me percataba de que se lavaba y se metía en la cama. No sentía curiosidad por si yo estaba en casa o si había cenado; sin hacer ruido me acercaba y me sentaba en el suelo a observar su cara. Dormida parecía otra persona más afable y comunicativa, semejaba estar muerta; gracias a estas observaciones comencé a dejar de tener miedo a la muerte.
Recuerdo una de las noches en que la estaba contemplando en la oscuridad, hacía un calor sofocante y me imaginaba a mi tía muerta pero bañándose en un río de agua fresca y limpia, que volvía la cabeza hacia mí y me sonreía… De pronto, mis pensamientos fueron rotos por un relámpago; penetró por el ventanuco iluminando todo su cuerpo, después comenzó a llover y las gotas salpicaron sobre la cama pero como ella estaba profundamente dormida ni se enteró. Me levanté y abrí la puerta de la calle; cerré bien la bolsa de plástico y me puse debajo de la lluvia, comprobé como me crecía el pelo; me desnudé y me quedé en calzoncillos ¡qué sensación más gratificante!
Después de un mes de estar allí era lo primero bueno que me pasaba, notaba incluso que mi cara sonreía. Sentí que alguien me miraba y me volví, era ella. En segundos pensé que mi fiesta se acababa y que la regañina iba a ser morrocotuda, pero me equivoqué; sin decirme nada se sentó en el suelo en la postura típica de yoga y cerro los ojos. "Ahora es una muerta sentada que sonríe mientras se moja", pensé y me dispuse a hacer lo mismo; me senté a su lado pero no cerré los ojos, me gustaba ver la lluvia y su rostro iluminado. Estuvimos así hasta que las nubes se vaciaron, ya amanecía.
-Tolo, vamos dentro o cogeremos frío – y acariciándome el pelo se levantó y se fue. Me dejó perplejo su actuación pero no me hice ilusiones, y cogí mi bolsa de plástico y me fui a dormir.
Otra noche en la que ya no pude soportar el silencio, la esperé sentado en la cocina y cuando ella entró para coger un vaso de agua, me puse a hablar; me resultó raro oír mi voz.
-Tía, ¿por qué ya no eres simpática conmigo como antes?-
¡Qué bobadas dices, Tolo! Antes te veía cinco minutos al año, ahora tengo que aguantarte todo el día.
-¿Por qué no te querían los abuelos, los tíos y mis padres? Eres mala pero mi madre me enseñó que debíamos perdonar y querer a la gente como es, por eso yo te perdono pero no te quiero porque no me dejas ¿Qué hiciste?
-Nada y todo; ser distinta.
-He visto en un cajón un álbum de fotos; son todas mías. He leído una carta de mi padre en la que te dice que si tuvieras vergüenza irías a verme más ¿Qué quería decir papá?
-¿Quién te manda hurgar en mis cosas enano de mierda?
-Estoy todo el día solo, me aburro.
-Hasta que empiece la escuela, a partir de mañana, vendrás conmigo y sabrás lo que es vivir aquí.
- Se levantó muy enfadada y se fue, esa noche no volvió a casa.
La amenaza se cumplió y el resto del mes que faltaba para ir a la escuela me llevó a aquel lugar tan especial donde colaboraba con una ONG; ayudaban a las viudas hindúes rechazadas por sus familias políticas. Yo llamaba a aquel sitio el gueto del olvido. Allí trabajaban siete personas; tres asalariados, dos estudiantes voluntarios que se iban rotando aprovechando las épocas no lectivas de sus universidades, y otros dos voluntarios ya mayores que habían decidido dejar todo por ayudar a otros. Me gustaba estar en el gueto porque durante aquellas horas mi soledad se difuminaba. Unos impartían formación laboral a las más jóvenes y otros, prestaban atención a las viejas. Todos parecían contentos con lo que estaban haciendo menos mi tía que era una autómata, cuyo trabajo, el más desagradable de todos, semejaba un sacrificio íntimamente impuesto; cuidaba de las ancianas moribundas y, ayudada por uno de los médicos, aliviaba como podía su dolor hasta que se dormían definitivamente.

Los primeros días iba de un lugar a otro mirándolo todo; hice mentalmente varios grupos de las mujeres de blanco, signo de viudez en la India: las viejas asquerosas, cubiertos sus huesos de pellejos; las orantes que pasaban el día entonando recitaciones, por lo que deduje que sus cabezas les funcionaban bien; y, por último, las viudas que aún servían para hacer algo. Pasaba desapercibido para todos pero no porque no me quisieran hacer caso, eso se notaba a la legua, sino porque estaban concentrados en su trabajo al cien por cien. Cuando decidí colaborar me di cuenta de que el hablar no es importante; los gestos, las obras avalan a tu persona comunicándote con el resto de los mortales. De todas formas aprendí a marchas forzadas el inglés y el indi. Me encargué de la cocina; trataba de memorizar los pasos que daba mi madre delante de una cazuela e imitar lo que recordaba; mis guisos no eran buenos pero estaba convencido de que eran más sanos para aquellas pobres viudas abandonadas. Había una en concreto que me inspiraba sensaciones contradictorias; al darle cada día los cuatro granos de arroz que le correspondían o las lentejas, se quedaba mirando muy fijamente la bolsa de plástico que llevaba sujeta al cinturón y un día osó preguntar qué era; se lo expliqué.

Aquella imagen no se me olvidará en la vida, quedó grabada a fuego en mis retinas; de su gastada y rota vestimenta, sacó unos cuantos hilos y cuando consideró que eran suficientes, tomó con suma delicadeza la bolsa de plástico y sacó los restos de Lucas. Sin duda hizo magia pues el muñeco de trapo fue lentamente recobrando su fisonomía anterior; cuando terminó, sonriéndome con su boca desdentada me entregó el muñeco. Esa mujer me daba mucha grima pero, al besarla en un impulso, me llenó de un calor perdido. A partir de aquel día, una parte de mi comida la compartía con ella; sabía que por mucho que mendigara, había tanta hambre y tan pocos alimentos que era casi imposible que a Güla, como se llamaba y viuda desde los catorce años, le llegara algo más que los cuatro granos de arroz o lentejas.
Pasaron los años, inexorable máquina del tiempo y poco se modificó mi vida; me aclimaté perfectamente a aquel país; hice míos las especias, el incienso, los animales, los ricksows, el mosaico de razas y religiones, el calor humano… los males endémicos como la pobreza eran calcinados por tanta belleza que guardaba aquella compleja cultura. En mi décimo séptimo cumpleaños los compañeros de la ONG me tenían preparado un regalo extraordinario: una bicicleta reparada a base de trozos de otras. A mí me pareció la mejor del mundo; con ella paseé mi soledad. Sé que mi tía aunque apenas me hablara, me observaba en la sombra y se sentía orgullosa de mí, no obstante, no olvidaré nunca sus palabras cuando le entraron aquellas fiebres; sacaron a relucir toda su amargura.
Me dijo palabras tan duras como que, si ella hubiera podido elegir, yo no habría nacido; entonces entendí que yo había sido un accidente en su camino. Era tarde para hacer más preguntas, ella cerró los ojos y su rostro se dulcificó para siempre. La quemaron en una pira y sus cenizas volaron con el viento que vino a por ellas; aún hoy siento que ella sigue por el espacio tan libre como quiso ser hasta que mi persona se interpuso en su vida. En la ONG no sabían qué hacer conmigo, yo me negaba a regresar, me sentía un paria y así quería seguir; les demostré que podían confiar en mí y que mi ayuda era valiosa a pesar de ser tan joven, me sentía maduro para hacer frente a lo que viniera. Me especialicé como mi tía en ser conductor de las ancianas viudas hacia la vida eterna; cuando su mirada perdida se clavaba en mi rostro con un agudo gesto de dolor, les apretaba la mano con todas las fuerzas de que era capaz y me agachaba a besar sus frentes arrugadas, entonces se producía el milagro: la huella del sufrimiento se evaporaba y daba paso a la paz en su vida marginada. Si en alguna ocasión la tristeza me hundía, me abrazaba a Lucas, con el dedo meñique movía el atrapa sueños y fijaba la vista en las almenas de la Alhambra, entonces sentía algo muy especial, como si estuviera caminando entre ellas y de pronto parara y mirara al lejano horizonte; mis pulmones se llenaban del aire puro de Sierra Nevada y mis ojos dejaban su estado lacrimógeno; aquellas sensaciones tan grandes me hicieron comprender las palabras de mi verdadera madre…


Nina, la amiga del bosque

Autor: Manuel Cubero



Nina era la niña más trabajadora de aquella aldea que, perdida en la distancia, reposaba en la ladera del monte, junto al bosque más frondoso que os podáis imaginar. Ella, como todos los niños del pueblo, salía a jugar al bosque cada domingo. En él pasaba las horas más deliciosas de su infancia.
Las leyendas que corrían por la aldea hablaban de unos duendes misteriosos que deambulaban en la soledad de las profundas umbrías que siembran el bosque en sus lugares más recónditos, pero nadie, nunca, había conseguido ver a ninguno de aquellos extraños pobladores.
Y nadie, nunca, oyó que esos misteriosos duendes hubiesen causado el más mínimo daño a ningún niño. Por eso, los padres de los pequeños no sentían temor alguno por sus hijos. Aunque, eso sí, sabedores de lo engañosa que es la apariencia de los árboles y de la frondosa oscuridad del bosque, una y otra vez los conminaban para que no se saliesen de los senderos que lo recorrían de uno a otro confín. Más que nada por el peligro de que, deambulando por lugares no conocidos, se perdiesen entre las florestas y no pudiesen volver luego a sus hogares.
Pues bien, como os podéis imaginar, nuestra amiga Nina era uno más de entre aquellos niños que gozaban de las maravillosas y soleadas mañanas domingueras jugando y retozando entre los vetustos álamos.
Solo que, y aquí está la cuestión que nos trae su historia, Nina, además de ser muy inteligente y, como tal, curiosa e inquieta, no se conformaba con recorrer los lugares más comunes.
A nuestra amiguita le encantaba buscar terrenos sombríos y solitarios en los que dar rienda suelta a su imaginación y a sus recuerdos. En la soledad del bosque llamaba a sus padres y les contaba las cosas del colegio, el trabajo en casa ayudando a la abuelita en todas las tareas, las travesuras de su hermanita Eli, que con apenas dos añitos era todo un diablillo que alegraba sus tardes con la risa y las carreras de un lado a otro de la casa....
Desde las copas más altas, el rumor de las hojas respondía a sus palabras con un susurro que nuestra amiga interpretaba como si fuesen las respuestas que sus padres le daban desde el cielo.
A veces, hasta se enfadaba y discutía con ellos por haberse ido al cielo tan pronto, olvidándose de que allí, en el pueblecito, se habían quedado las dos pequeñas solas y al cuidado de su abuelita. Ésta había hecho de la educación y cuidado de las niñas el único motivo de su vida. Sus consejos y atenciones para que no se notase la ausencia de sus padres eran reconocidos y alabados por todo el pueblo.
Mientras, pasaba el tiempo y las niñas crecían felices entre sus familiares y amiguitos. No obstante, Nina sí que recordaba a sus padres y, siempre que podía, hablaba con ellos en su rincón secreto del bosque.
Cuando sea mayor, pensaba, también llevaré allí a mi hermanita para que conozca a papá y a mamá.
Ellos, desde el cielo, las acompañaban junto a su ángel de la guarda y, cuando Nina se ocultaba en el bosque para hablar con ellos, seguían sus pasos y le pedían a las hojas de los árboles que cantasen sus más hermosas canciones para que, de esa manera, supiese que ellos estaban a su lado.
Así, cada domingo, la niña oía una música que paseaba por entre las copas de los árboles. Extasiada ante aquellas melodías, sentía como si aquellos duendes de los que hablan las leyendas la abrazasen y regalasen con todo su amor.
Ella, intrigada, después de hablar con sus padres, recorría los lugares más solitarios tratando de encontrar a aquellos extraños músicos a los que ya había comenzado a querer como a sus mejores amigos, pues, aunque ella no lo sabía, eran parte del consuelo que sus padres le enviaban desde el cielo por ser tan buena con su hermanita y con la abuela.
Un día, buscando a sus amigos los duendes de la música, la niña se alejó de las zonas más transitadas buscando un sitio recóndito desde el que poder hablar con sus padres con tranquilidad.. Al llegar a un claro del bosque, todo alfombrado de fresca hierba, se sentó en el suelo para llamar a su mamá.
Después de contarle la última travesura de Eli, esperó un momento la respuesta de sus padres... Ésta no se hizo esperar. De pronto, oyó el acompasado ritmo de unos pasos de baile que inundaron el lugar con una auténtica sinfonía de belleza sin igual. Eran como unos pasos de cíclope que retumbasen cual tambores gigantescos.
Todo el bosque se llenó de armonías, los animales salían de sus madrigueras, bailaban, desenfadados y alegres y, jugando al corro, recorrían los senderos saludando a todo el que se cruzaba en el camino.
Poco a poco, el bosque, al completo, era una danza de color. Los árboles movían sus hojas al ritmo marcado por el compás. El Sol jugaba por entre los resquicios que las hojas dejaban en su constante bailoteo y las plantas más pequeñas danzaban también persiguiendo a los rayos del sol que, alocadamente, recorrían los rincones nunca antes visitados en aquella danza loca y feliz.
Nina, feliz como nunca lo había sido desde que faltaron sus padres, se unió a un corro de ágiles helechos que la llevaban de un sitio a otro.
Las flores, desde su humilde pequeñez, contemplaban cómo aquella locura de cadencias y colores se iba haciendo cada vez mayor. Sin pensárselo dos veces, y cuidando de nos ser aplastadas por el torbellino de sus hermanos mayores, pidieron permiso para unirse a la danza.
Las plantas más aromáticas del bosque, unidas en una alocada danza, exhalaban sus olores con toda la fuerza de que eran capaces.
Todas las flores se esforzaban por lanzar su perfume hacia la pequeña Nina que, cada vez más feliz, se agachaba y las iba besando de una en una... Éstas le respondía con sus balsámicas fragancias y dejaban sobre su delicada piel perfumadas partículas de color que embellecían aún más si cabe, la hermosura interior de nuestra amiguita.
Aquellos besos de las flores hicieron olvidar a nuestra amiga Nina por unos momentos todas sus preocupaciones. Miró al cielo por entre las ramas de los árboles bailarines y una nube pareció dibujar en lo más alto la sonrisa de su madre...
Olores, colores, música, luz... Nina se abrazaba loca de contenta a los troncos de los árboles y éstos la envolvían, amorosos, con sus ramas más jóvenes y flexibles en un tierno abrazo.
Así danzando de árbol en árbol, de claro en claro del bosque, la niña llegó hasta el sendero de vuelta a casa. Al salir, su mirada, abierta y dulce, se dirigió al cielo y como si adivinase quien le había hecho aquel regalo, gritó:
-¡¡¡GRACIASSSSS!!!
Sus padres se miraron felices allá entre las nubes. Sus manos de aire acariciaron, agradecidas, a las brisas del bosque por el regalo que acababan de hacer a su niña. Algún día, esperaban, la pequeña Eli vendría a hablar con ellos y, también a ella, le harían el regalo de su música celestial.


domingo, 15 de junio de 2008

Daniel

Foto: Reuters

Autora texto: Lola Bertrand

Mientras lavaba el frágil cuerpecillo con mis propias manos, cualquier otra cosa le habría producido dolor, los ojos de Daniel, negros y tremendamente abiertos, me miraban como si no me vieran. Según la mugre iba quedando atrapada en el agua de la bañera, su piel describía un mapa de horrores que me tenían al borde de la lágrima. Moretones, quemaduras, rasguños…

El niño, de cinco o seis años a lo sumo, no había articulado una sola palabra desde que lo sacamos del cuchitril en que vivía. Siempre me había mofado de las "caridades" de mi madre, parecía tener más tiempo para los de fuera que para los de dentro, por eso, cuando aquella tarde me pidió que la acompañase, puse cara de funeral.

-Me da miedo ir sola, no sé lo que me voy a encontrar,-me dijo con un tono de súplica en la voz.

-Está bien, mamá, te acompaño, pero que sea rápido, ¿vale?

Salimos a las cuatro de la tarde camino de uno de los barrios más pobres de la ciudad. Yo, a mis quince años, hasta ese momento no me había encontrado cara a cara con una miseria y dejadez tan absolutas.

La casa donde íbamos era un edificio de cuatro plantas sucio y gris. Me pareció siniestro, cómo si detrás del portal nº 9, estuviera la antesala del infierno. Subimos, por una infecta escalera de madera, hasta la segunda planta. Mi madre tocó enérgicamente con los nudillos -no sé de donde sacó la energía- en la puerta marcada con la letra B.

Al instante esta se abrió, y una mujer que rondaría los cuarenta años, nos franqueó la entrada. Me asusté al verla: su pelo, de un rubio exagerado y oxigenado, era pura greña; unas tremendas ojeras resaltaban por debajo de sus ojos, qué, a mi juicio, parecían los de una desquiciada. Vestía una bata de casa muy vieja y todo su cuerpo temblaba.

-Pasen, pasen -nos dijo gimoteando- mi niño no se despierta, no sé qué le ocurre.

Sentí miedo, lo juro, un miedo tremendo y desproporcionado, pero una vez allí ya no había vuelta atrás.

La mujer, con paso vacilante, nos condujo a través de un lúgubre pasillo, hasta una habitación, que, en un primer momento, pensé que era un cuarto trastero, por la cantidad de cachivaches y ropa, desperdigada por todas partes, que contenía. Pero no, no era el cuarto trastero, allí había, además de miseria, una cuna con un bebé dentro, de unos seis meses más o menos, muerto, sucio, lleno de llagas, y ahogado en sus propios vómitos y excrementos. El olor que despedía era nauseabundo, y la visión fue lo más atroz que mis ojos contemplaron nunca.

-Ven ustedes, no se mueve, mi bebé lleva horas dormido,- nos decía ella, señalando la cuna.

Mi madre se tapó la boca para acallar los gritos de espanto que le nacían en la garganta. Yo cerré los ojos deseando despertarme de aquella pesadilla.

Mamá no dijo nada, dio media vuelta y salió de la habitación, yo la seguí, estaba deseando escapar de aquel infierno. Registró toda la casa, allí no había más que basura, podredumbre y montones de botellas de ginebra vacías…

Detrás de nosotras la mujer parloteaba:

-Es que mi marido era marino, murió hace ocho meses, ¿saben ustedes?, todo fue una tragedia, nadie se ocupa de nosotros.

Sentimos miedo, un miedo físico e inexplicable en aquella antesala del infierno.

Ya nos marchábamos cuando un gemido nos alertó: era Daniel, estaba acurrucado en un rincón de la cocina, se apretaba contra la pared como si esta fuera su única salvación. Mugriento, desarrapado, pero con unos ojos, tremendamente abiertos, que parecían pedirnos auxilio.

Mi madre lo cogió en sus brazos y rápidamente salimos de allí. Una vez en nuestra casa, llamamos a la policía para ponerla en antecedentes; mamá estaba exhausta, descolocada, muy triste, y me dejó al cuidado de Daniel. Lo bañé, le hablé con suavidad, lo mimé, intenté que comiera algo, pero era inútil, su pequeño estómago, acostumbrado al ayuno, devolvía todo lo que ingería.

Al fin, envuelto en mi manta favorita, conseguí que se durmiera en mis brazos, lo estreché contra mi pecho aún virgen de maternidades, y lloré mi impotencia sobre sus párpados cerrados qué, seguramente, estaban empezando a soñar ternuras. Mucho más tarde, no recuerdo la hora, ya que el tiempo se me escapó arrullando a Daniel, vinieron unas personas de los Servicios Sociales del Ayuntamiento y se lo llevaron.

Nunca volví a ver a Daniel, nunca más en mi vida conocí a nadie que hubiera pasado tanto horror en tan corto periodo de existencia, nunca escuché su voz, pero, cuarenta años después, aún lo recuerdo…

Hubo una vez un negrito


Autora texto: Carmen Amaralis
Hubo una vez un negrito que fue arrancado de sus raíces y obligado a cruzar aguas turbulentas. El azul del cielo de tres meces y el verde mojado de la vida lo entregaron al calor ardiente de unas islas extrañas tan calientes como su mundo africano. El negrito lloró el desgarro de su madre, y al sonido de los golpes de un tambor improvisado le arrancó notas de dolor.
El recuerdo del olor a su tierra mezclado con su llanto fue cubriendo de surcos su rostro, y un día cualquiera ese negrito tuvo un hijo en sus brazos, y este nuevo negrito nació americano. A ese negrito una tarde cualquiera le parió una india caribeña otro negrito raro.
Ese nuevo negrito sufrió la esclavitud mirando su mundo con ojos oblicuos, y comenzó a cantar con su tambor bajo las palmeras mecidas al compás de las olas, y ese negrito raro una noche de ron y de rumba enloqueció de amor al ver los ojos azules de aquella francesita de labios pintados, y se apareó con ella. Y les nació un negrito mucho más raro. Aquel nuevo negrito tenía la piel de miel y los ojos verdes llenos de esperanza, y a su rostro negrito lo adornaba una boca sensual y unas manos de flor.
Y siguió la historia de aquellos negritos cruzándose entre negras, indias y extranjeras en aquel calor infernal de las primeras quimeras, entre brujerías y ritos, tambores y canela. Han pasado
cinco siglos y en aquellas islas puras de cristal y sol ahora corre una sangre rara de color mulato y sabor a guayaba, de música alegre y sinfónicas de miel con ritmos de cañas y violines, y el
tataratataratatara abuelo que llegó en aquellas primeras carabelas desde el cielo ríe al ver a su tataratataratatara nieto tocar el arpa con manos de ángel y rostro de primavera.
Y cuando un mulato se mira en el espejo ve un poco de aquel negrito, de aquella taina y de aquel caballero europeo que un día golpeó a la abuela y engendró en el cañaveral a la esclava de ojos oblicuos. De aquellos esclavos nos nació la patria, "aunque naciera en la luna"*.
* frase de un poema de Juan Antonio Corretjer (Poeta Puertorriqueño)


Ser niño en la guerra


Foto: Unicef
Autora texto: Andrea Zurlo
Buscan una mano que no encuentran y sus dedos mudos
tantean a ciegas el camino de la vida,
huérfanos de unos brazos que acunen sus penas.
Mariposas escondidas en flores mustias que acarician sus muñecas rotas,
perdidas en lluvias que esconden soledades sin destino.
Tiemblan en el silencio desgarrado por estruendos y gritos,
sufren indefensos e ignorados:
piezas desechables del juego de los hombres,
falsos justicieros que marchan arrollando capullos cerrados
bajo sus botas de fango y destrucción.
Y perecen invocando un útero que les abrigue,
o crecen sudando sangre y nieblas,
con nubes púrpuras que pueblan perennemente sus horizontes,
por la simple desgracia de haber sido niños en la guerra.

sábado, 14 de junio de 2008

Orfandad: a los niños que sufren


Foto: http://www.unicef.org/spanish/sowc08/youth/drama.php


Autora: Pilar Moreno Wallace

Estan cerrados los cuentos
y sus personajes esperan en sus páginas que pase esta barbarie,
para volver a ser protagonistas en los sueños de los niños.
El cielo ya no es azul cuando he visto al viento del desierto
cubrir de tristeza sus ojos, llevándose sus sonrisas tiernas,
y a las cometas en el aire ser devoradas por el fuego
que escupen dragones con miles de cabezas.
Se ha terminado la infancia:
no hay juegos, ni juguetes, ni balones,
ni muñecas,
ni tampoco caramelos, ni colores,
ni huellas que dejan sus pies descalzos entre sembrados escombros,
y no hay regalos, ni canciones, ni alegría,
y mucho menos futuro,
porque un pais muere en silencio al quedar huérfano de sonrisas.

jueves, 12 de junio de 2008

Cuatro estaciones contigo


Autora: M.Ángeles Cantalapiedra
Invierno…
Mira, Lolo, ya están cayendo los primeros copos de nieve; pronto será navidad. El acebo este año está muy hermoso, seguro que tú tienes mucho que ver. Lo has abonado a base de bien y no te enfades, que te conozco, si viene Doña Hortensia a cortar unas ramitas. Sabes que es mujer educada y que te trata como un marqués. No hace falta que te acerques a su casa. Me he dado cuenta que si no apareces por allí en tres días, se presenta aquí a traerte unas cuantas cosillas que rápidamente las guardas en tu nevera particular. Deberías, no obstante, ser más cariñoso con ella, quizá te admitiera en su casa. No puedes vivir así toda la vida. Yo agradezco tu postura, pero reconóceme que no tiene ni pies ni cabeza, claro que tú siempre te has guiado por el corazón, pero en este mundo se necesita usar más lo sesos si no, ya verás cómo terminas.
¡Quién te ha visto y quién te ve! Pareces un pordiosero, sucio y lleno de rasguños y el otro día vi como te pegabas con uno. Pues que sepas que con tipos así, tienes las de perder, total, tú no estás acostumbrado, siempre has sido un señorito.

Primavera…
Cómo me reí el otro día, Lolo, cuando te encaraste con mi hijo. Sí, tenías razón, pero ya ves sólo lograste que te diera una patada y estuvieras cojeando un par de días. Es mala gente aunque sea sangre de mi sangre. Él solo quería el dinero, cuando lo tuvo, se olvidó de todo y de todos. Ya desde pequeño apuntaba maneras; fue un chiquillo muy consentido por su madre y los libros le llenaron la cabeza de pájaros. Jamás logré que bajara al campo para que supiera lo que costaba ganar un real. Pero en fin… ¿Has visto ya los brotes de las hojas, Lolo? Va a ser una primavera lluviosa, ya verás, no hay más que oler la tierra. Ya sé que la lluvia a ti te vuelve loco, pero tanta humedad para los huesos tampoco es buena. El invierno ha sido duro y no te ha sentado nada bien. Te noto un poco mustio. Anda, ¿por qué no te acercas al bar a tomar un café? Eutiquio te quiere, seguro que te pone uno. Anímate, Lolo… Me aflige verte así. Fíjate, con tal de que estés contento, te dejo que te vayas de "picos pardos".

Verano…
Lolo despierta. Quítate del sol, te vas a coger una insolación. ¡Por dios! Tienes el cuerpo lleno de hormigas. Baja al arroyo a quitarte la porquería.
¿Qué ha pasado con Doña Hortensia? Hace mucho que no viene. Acércate a ver qué pasa y me cuentas… Anda, vete a que te den de comer, Lolo, cada vez estás más delgado.
¡Lolo levántate! Que viene Anselmo y te va a dar con la pala. Sé que te quiere ver muerto.

Otoño
Siempre nos gustó el otoño, ¿verdad? Es romántico… ¿Te acuerdas cuando íbamos al bosque a coger palos y castañas? Corrías y corrías por la alfombra amarilla y cuánto más secas estaban las hojas, mejor, más ruido hacían… Anda, despiértate, seguro que aún hay dentro de ti esa alegría que tanto me gustaba… Lolo, por favor, no te vayas.
¡Cuánto tengo que agradecerte! Te has sentido huérfano y ni un lamento. Tu vida en estos últimos tiempos ha transcurrido debajo de este ciprés. De vez en cuando, levantabas tus ojos, cada vez más tristes y perdidos hacia el cielo en busca de aliento, o gemías en medio de la noche porque tu soledad pesaba demasiado y, a pesar de todo eso, has seguido a mi lado.
Mi viejo Lolo, ¿sabes? Nadie ha sido tan fiel a mí, ni siquiera mi difunta Candela. En este tiempo me has hecho mucha compañía, la muerte me ha parecido menos solitaria junto a ti. Y tú te has jugado la vida, te han tomado por loco. Hasta has lamido mi lápida buscando el calor de tu amo…, hasta que las fuerzas te han abandonado.
Descansa en paz mi perro fiel.

Hay otros niños


Autora: Lola Bertrand

El niño se levantó del lecho de duro polvo, amanecía un día menos en su casa sin techo ni paredes. Se lavó con sumo cuidado en el lavabo de sin-agua, y se atusó el pelo frente al no-espejo, se puso- descompuso-dispuso su ropa de siempre; zapatos no necesitaba, el frío del invierno endurecía sus pies de tal manera que los convertía en dos botas insensibles.
¿Cuándo sintió calor por última vez?
¿Alguna vez sintió calor?
¿Le diste calor, tú, si acaso…?
El niño, - pero… ¿era un niño?- era tan diminuto que si no alzaba sus ojos solamente veía del resto del mundo cinturas y cinturones. ¿Alguien lo veía a él? Se supone que nadie. Ni el policía de la esquina, ni el señor acaudalado que atravesaba el paso de peatones, ni la señora con el carrito de la compra que transitaba por la acera. El niño buscaba su alimento, disputándoselo a los perros, ¡hay tantas sobras que son manjares!
¿Lo has pensado… ? ¡Piénsalo!
El niño no sabía que se acercaba la Navidad, pero miraba los árboles iluminados como si fueran la puerta del infinito. ¡Eran tan mágicas y calentitas sus bombillas! El niño era uno más, intuía que había otros como él detrás de cada banco, en los soportales, a la vuelta de cada esquina. Llorando, sucios, con hambre y con la cara llena de churretes de indiferencia. Pero él…, él se había lavado aquella mañana, y estaba presentable, podía transitar con orgullo por el mundo de los sin-mundo.Alargó su mano para tocar el sol, y solamente agarró con sus manitas extendidas, un pedazo minúsculo de aire.
Una lágrima, suya, tuvo la suficiente piedad para lavarle el rostro, antes de que el mundo, el poder, y la corrupción tuvieran la indiferencia de matarle. Nadie sabrá jamás quien fue, es más, ni siquiera les interesa saber.

lunes, 9 de junio de 2008

Nana para una luna chiquita


Duerme, lunita, duerme,
no tengas miedo,
vigilaré el camino
allá en el cielo
y le diré a las estrellas
que no hagan ruído:
la luna chiquita
esta durmiendo.

Duerme, lunita, duerme
y descansa,
te contaré el cuento
de la luna lunera
que crece y juega
y en la alborada
marcha a su casa.
Luna rebelde
cascabelera
vergonzosa y triste
deja sombras sin armonía
cuando no viene.

¡Ay lunita chica!
duérmete ya
el sol alumbra descaradosobre los valles y las colinas
Pilar