martes, 17 de junio de 2008

Nina, la amiga del bosque

Autor: Manuel Cubero



Nina era la niña más trabajadora de aquella aldea que, perdida en la distancia, reposaba en la ladera del monte, junto al bosque más frondoso que os podáis imaginar. Ella, como todos los niños del pueblo, salía a jugar al bosque cada domingo. En él pasaba las horas más deliciosas de su infancia.
Las leyendas que corrían por la aldea hablaban de unos duendes misteriosos que deambulaban en la soledad de las profundas umbrías que siembran el bosque en sus lugares más recónditos, pero nadie, nunca, había conseguido ver a ninguno de aquellos extraños pobladores.
Y nadie, nunca, oyó que esos misteriosos duendes hubiesen causado el más mínimo daño a ningún niño. Por eso, los padres de los pequeños no sentían temor alguno por sus hijos. Aunque, eso sí, sabedores de lo engañosa que es la apariencia de los árboles y de la frondosa oscuridad del bosque, una y otra vez los conminaban para que no se saliesen de los senderos que lo recorrían de uno a otro confín. Más que nada por el peligro de que, deambulando por lugares no conocidos, se perdiesen entre las florestas y no pudiesen volver luego a sus hogares.
Pues bien, como os podéis imaginar, nuestra amiga Nina era uno más de entre aquellos niños que gozaban de las maravillosas y soleadas mañanas domingueras jugando y retozando entre los vetustos álamos.
Solo que, y aquí está la cuestión que nos trae su historia, Nina, además de ser muy inteligente y, como tal, curiosa e inquieta, no se conformaba con recorrer los lugares más comunes.
A nuestra amiguita le encantaba buscar terrenos sombríos y solitarios en los que dar rienda suelta a su imaginación y a sus recuerdos. En la soledad del bosque llamaba a sus padres y les contaba las cosas del colegio, el trabajo en casa ayudando a la abuelita en todas las tareas, las travesuras de su hermanita Eli, que con apenas dos añitos era todo un diablillo que alegraba sus tardes con la risa y las carreras de un lado a otro de la casa....
Desde las copas más altas, el rumor de las hojas respondía a sus palabras con un susurro que nuestra amiga interpretaba como si fuesen las respuestas que sus padres le daban desde el cielo.
A veces, hasta se enfadaba y discutía con ellos por haberse ido al cielo tan pronto, olvidándose de que allí, en el pueblecito, se habían quedado las dos pequeñas solas y al cuidado de su abuelita. Ésta había hecho de la educación y cuidado de las niñas el único motivo de su vida. Sus consejos y atenciones para que no se notase la ausencia de sus padres eran reconocidos y alabados por todo el pueblo.
Mientras, pasaba el tiempo y las niñas crecían felices entre sus familiares y amiguitos. No obstante, Nina sí que recordaba a sus padres y, siempre que podía, hablaba con ellos en su rincón secreto del bosque.
Cuando sea mayor, pensaba, también llevaré allí a mi hermanita para que conozca a papá y a mamá.
Ellos, desde el cielo, las acompañaban junto a su ángel de la guarda y, cuando Nina se ocultaba en el bosque para hablar con ellos, seguían sus pasos y le pedían a las hojas de los árboles que cantasen sus más hermosas canciones para que, de esa manera, supiese que ellos estaban a su lado.
Así, cada domingo, la niña oía una música que paseaba por entre las copas de los árboles. Extasiada ante aquellas melodías, sentía como si aquellos duendes de los que hablan las leyendas la abrazasen y regalasen con todo su amor.
Ella, intrigada, después de hablar con sus padres, recorría los lugares más solitarios tratando de encontrar a aquellos extraños músicos a los que ya había comenzado a querer como a sus mejores amigos, pues, aunque ella no lo sabía, eran parte del consuelo que sus padres le enviaban desde el cielo por ser tan buena con su hermanita y con la abuela.
Un día, buscando a sus amigos los duendes de la música, la niña se alejó de las zonas más transitadas buscando un sitio recóndito desde el que poder hablar con sus padres con tranquilidad.. Al llegar a un claro del bosque, todo alfombrado de fresca hierba, se sentó en el suelo para llamar a su mamá.
Después de contarle la última travesura de Eli, esperó un momento la respuesta de sus padres... Ésta no se hizo esperar. De pronto, oyó el acompasado ritmo de unos pasos de baile que inundaron el lugar con una auténtica sinfonía de belleza sin igual. Eran como unos pasos de cíclope que retumbasen cual tambores gigantescos.
Todo el bosque se llenó de armonías, los animales salían de sus madrigueras, bailaban, desenfadados y alegres y, jugando al corro, recorrían los senderos saludando a todo el que se cruzaba en el camino.
Poco a poco, el bosque, al completo, era una danza de color. Los árboles movían sus hojas al ritmo marcado por el compás. El Sol jugaba por entre los resquicios que las hojas dejaban en su constante bailoteo y las plantas más pequeñas danzaban también persiguiendo a los rayos del sol que, alocadamente, recorrían los rincones nunca antes visitados en aquella danza loca y feliz.
Nina, feliz como nunca lo había sido desde que faltaron sus padres, se unió a un corro de ágiles helechos que la llevaban de un sitio a otro.
Las flores, desde su humilde pequeñez, contemplaban cómo aquella locura de cadencias y colores se iba haciendo cada vez mayor. Sin pensárselo dos veces, y cuidando de nos ser aplastadas por el torbellino de sus hermanos mayores, pidieron permiso para unirse a la danza.
Las plantas más aromáticas del bosque, unidas en una alocada danza, exhalaban sus olores con toda la fuerza de que eran capaces.
Todas las flores se esforzaban por lanzar su perfume hacia la pequeña Nina que, cada vez más feliz, se agachaba y las iba besando de una en una... Éstas le respondía con sus balsámicas fragancias y dejaban sobre su delicada piel perfumadas partículas de color que embellecían aún más si cabe, la hermosura interior de nuestra amiguita.
Aquellos besos de las flores hicieron olvidar a nuestra amiga Nina por unos momentos todas sus preocupaciones. Miró al cielo por entre las ramas de los árboles bailarines y una nube pareció dibujar en lo más alto la sonrisa de su madre...
Olores, colores, música, luz... Nina se abrazaba loca de contenta a los troncos de los árboles y éstos la envolvían, amorosos, con sus ramas más jóvenes y flexibles en un tierno abrazo.
Así danzando de árbol en árbol, de claro en claro del bosque, la niña llegó hasta el sendero de vuelta a casa. Al salir, su mirada, abierta y dulce, se dirigió al cielo y como si adivinase quien le había hecho aquel regalo, gritó:
-¡¡¡GRACIASSSSS!!!
Sus padres se miraron felices allá entre las nubes. Sus manos de aire acariciaron, agradecidas, a las brisas del bosque por el regalo que acababan de hacer a su niña. Algún día, esperaban, la pequeña Eli vendría a hablar con ellos y, también a ella, le harían el regalo de su música celestial.


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