domingo, 15 de junio de 2008

Daniel

Foto: Reuters

Autora texto: Lola Bertrand

Mientras lavaba el frágil cuerpecillo con mis propias manos, cualquier otra cosa le habría producido dolor, los ojos de Daniel, negros y tremendamente abiertos, me miraban como si no me vieran. Según la mugre iba quedando atrapada en el agua de la bañera, su piel describía un mapa de horrores que me tenían al borde de la lágrima. Moretones, quemaduras, rasguños…

El niño, de cinco o seis años a lo sumo, no había articulado una sola palabra desde que lo sacamos del cuchitril en que vivía. Siempre me había mofado de las "caridades" de mi madre, parecía tener más tiempo para los de fuera que para los de dentro, por eso, cuando aquella tarde me pidió que la acompañase, puse cara de funeral.

-Me da miedo ir sola, no sé lo que me voy a encontrar,-me dijo con un tono de súplica en la voz.

-Está bien, mamá, te acompaño, pero que sea rápido, ¿vale?

Salimos a las cuatro de la tarde camino de uno de los barrios más pobres de la ciudad. Yo, a mis quince años, hasta ese momento no me había encontrado cara a cara con una miseria y dejadez tan absolutas.

La casa donde íbamos era un edificio de cuatro plantas sucio y gris. Me pareció siniestro, cómo si detrás del portal nº 9, estuviera la antesala del infierno. Subimos, por una infecta escalera de madera, hasta la segunda planta. Mi madre tocó enérgicamente con los nudillos -no sé de donde sacó la energía- en la puerta marcada con la letra B.

Al instante esta se abrió, y una mujer que rondaría los cuarenta años, nos franqueó la entrada. Me asusté al verla: su pelo, de un rubio exagerado y oxigenado, era pura greña; unas tremendas ojeras resaltaban por debajo de sus ojos, qué, a mi juicio, parecían los de una desquiciada. Vestía una bata de casa muy vieja y todo su cuerpo temblaba.

-Pasen, pasen -nos dijo gimoteando- mi niño no se despierta, no sé qué le ocurre.

Sentí miedo, lo juro, un miedo tremendo y desproporcionado, pero una vez allí ya no había vuelta atrás.

La mujer, con paso vacilante, nos condujo a través de un lúgubre pasillo, hasta una habitación, que, en un primer momento, pensé que era un cuarto trastero, por la cantidad de cachivaches y ropa, desperdigada por todas partes, que contenía. Pero no, no era el cuarto trastero, allí había, además de miseria, una cuna con un bebé dentro, de unos seis meses más o menos, muerto, sucio, lleno de llagas, y ahogado en sus propios vómitos y excrementos. El olor que despedía era nauseabundo, y la visión fue lo más atroz que mis ojos contemplaron nunca.

-Ven ustedes, no se mueve, mi bebé lleva horas dormido,- nos decía ella, señalando la cuna.

Mi madre se tapó la boca para acallar los gritos de espanto que le nacían en la garganta. Yo cerré los ojos deseando despertarme de aquella pesadilla.

Mamá no dijo nada, dio media vuelta y salió de la habitación, yo la seguí, estaba deseando escapar de aquel infierno. Registró toda la casa, allí no había más que basura, podredumbre y montones de botellas de ginebra vacías…

Detrás de nosotras la mujer parloteaba:

-Es que mi marido era marino, murió hace ocho meses, ¿saben ustedes?, todo fue una tragedia, nadie se ocupa de nosotros.

Sentimos miedo, un miedo físico e inexplicable en aquella antesala del infierno.

Ya nos marchábamos cuando un gemido nos alertó: era Daniel, estaba acurrucado en un rincón de la cocina, se apretaba contra la pared como si esta fuera su única salvación. Mugriento, desarrapado, pero con unos ojos, tremendamente abiertos, que parecían pedirnos auxilio.

Mi madre lo cogió en sus brazos y rápidamente salimos de allí. Una vez en nuestra casa, llamamos a la policía para ponerla en antecedentes; mamá estaba exhausta, descolocada, muy triste, y me dejó al cuidado de Daniel. Lo bañé, le hablé con suavidad, lo mimé, intenté que comiera algo, pero era inútil, su pequeño estómago, acostumbrado al ayuno, devolvía todo lo que ingería.

Al fin, envuelto en mi manta favorita, conseguí que se durmiera en mis brazos, lo estreché contra mi pecho aún virgen de maternidades, y lloré mi impotencia sobre sus párpados cerrados qué, seguramente, estaban empezando a soñar ternuras. Mucho más tarde, no recuerdo la hora, ya que el tiempo se me escapó arrullando a Daniel, vinieron unas personas de los Servicios Sociales del Ayuntamiento y se lo llevaron.

Nunca volví a ver a Daniel, nunca más en mi vida conocí a nadie que hubiera pasado tanto horror en tan corto periodo de existencia, nunca escuché su voz, pero, cuarenta años después, aún lo recuerdo…

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